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Última asignación evaluativa del 3er. lapso: Análisis literario de un cuento

Buenos días muchach@s.

Esta es nuestra última actividad de lapso y, por ende, la última del año escolar 2018-2019. Como les adelanté en clase, se trata del análisis de un cuento corto.

Deben leer el cuento "La república de Fennelly", obra escrita por el autor venezolano Jesús Miguel Soto. ¿Por qué deben leerlo? Porque sin lectura no hay análisis posible.

Por ejemplo: Para saber si una empanada es sabrosa (o sabe horrible), necesariamente tenemos que probarla. Aunque podamos sacar deducciones por su apariencia (se ve pálida, enchumbada de aceite, muy delgada o doblada) solo al contacto con nuestras papilas gustativas podremos determinar realmente su sabor, textura y temperatura.

Así mismo es con la lectura. Solo leyendo podrán responder las interrogantes que he preparado para el análisis que deben preparar para nuestro encuentro del próximo miércoles 26 de junio.

La obra ya la coloqué en el grupo de Whatsapp que tenemos. Sin embargo lo colocaré acá porque la pantalla de un computador nunca podrá compararse con la de un teléfono. No obstante, quien se sienta a gusto leyendo desde su teléfono puede hacerlo desde ahí; lo que a mí me interesa es que lean la pieza literaria y hagan su actividad correctamente.

Dicho esto, paso a colocarles el cuento.

La República de Fennelly - Jesús Miguel Soto
Inventamos  la  República  de Fennelly  un martes  por la  tarde  en el apartamento  de Alberto  mientras  los viejos caobos caraqueños eran deshojados sin piedad por una lluvia feroz que sacudía los cristales. Hacía varios meses que habíamos mencionado,  durante mi concurso de belleza televisado,  la vaga idea de inaugurar un territorio propio, despojado de los códigos éticos, estéticos y mercantiles reinantes. En principio barajamos una sociedad e incluso un partido en el que sus miembros asistieran a sesiones regulares para debatir sobre temas puntuales, tornar decisiones con la aprobación de la  mayoría,  aplicar sanciones  por indisciplina o desacato, nombrar y remover juntas directivas, elaborar estatutos, planes estratégicos y cincelar en letras cobrizas una agenda de proyectos y otra de promesas.
Pero  la  lógica  o, quizá de que el  primer paso era  es un  dejo de ambición,  nos hizo reflexionar que los alcances de un partido o de una sociedad eran limitados y que estaban supeditados a legislaciones, instancias y dinámicas superiores que acabarían condenándonos  a sus leyes, por lo que lo más propicio era sin duda crear una nación en la que luego madurarían diversas instituciones partidos, grupos, sectas, clubes y demás actores sociales.
Una vez que los cinco estuvimos de acuerdo en fundar nuestra propia República,  consideramos que el primer paso era establecer sus coordenadas espaciales. Con  humildad, admitimos que sería una nación de reducido tamaño, muy similar a esos principados que repliegan sus fronteras dentro de países más grandes o como esos territorios que se desmembran de otros tras una sangrienta declaración de independencia y quedar alojados como una especie de hígado autosuficiente y desligado del resto de las funciones corporales. Sin embargo, con más precisión, en nuestro caso seríamos una suerte de nación clandestina, una patria encajada dentro de que tal vez se expandiría o tal vez se mantendría quieta dentro de sus breves y originarias dimensiones.
En nuestra por ahora pequeña nación de 90 metros cuadrados y tres de alto –que eran las dimensiones del apartamento de Alberto donde todos convivíamos alquilados– tendríamos un poderío pequeño pero manejable.
La primera acción fue determinar el nombre que le daríamos a nuestra patria. Tras insensatos juegos de palabras sucumbimos en un principio a la fatua determinación de darle una denominación numérica, quizá con una que otra letra mezclada en el intervalo de caracteres ordinales.
En medio de un debate infructuoso, Alberto insistió en la necesidad de mentar a  nuestro territorio con el nombre de una persona, un prócer, un héroe. Pese a que Alberto esbozó la idea de que ese héroe fuera alguno de nosotros mismos en calidad de padres fundadores, la mayoría coincidimos en que eso hubiese sido empezar con el pie izquierdo. Nos considerábamos más bien mentes planificadoras, estrategas corporativos. Todos, menos Alberto, estuvimos de acuerdo con esta reflexión, tras lo cual decidimos que nuestra nación nacería con un nombre que nada representara o al menos que no nos vinculara directamente.
Un par de horas más tarde, Marisela se topó con un disco que fue propiedad del papá de Alberto. Olvidado en una gaveta de amarillentos documentos contractuales, lo vislumbramos como una señal que al menos ameritaba una evaluación. En la portada se leía Michael Fennelly; un músico desconocido para todos.
Por decisión unánime aprobamos el nombre y acordamos que no escucharíamos bajo ninguna circunstancia la música contenida en ese acetato y que tampoco revelaríamos  a extraños el origen de nuestra denominación para que la partitura fundadora perviviera en un enigma idílico y que sus acordes ignotos no influenciara de ningún modo las bases éticas o estéticas de nuestra naciente República. Andreina, siempre bella, siempre fresca, siempre aforística dijo que Fennelly, en todo caso, significa el azar que nos busca y que es nada quiere decir.
En fin, la palabra Fennelly nos pareció encajar a la perfección para el nombre de una nación clandestina, precisamente porque esa palabra no remitía a un país sino a una tienda de lencería con precios de oferta.
Ya con un nombre, nos aplicamos a lo que sería el diseño de Fennelly. Desde siempre nos había cautivado la cartografía cuadriculada de muchos países, y ahora estábamos felizmente condenados a establecer los límites de Fennelly bajo la cuadrícula que imponía el apartamento de Alberto. Libres de realizar los trazos que nos vinieran en gana, se habló incluso de una patria de perfecta forma circular, pero advertimos que ello significaría sacrificar valiosos metros de espacio territorial, que en nuestras actuales condiciones  era intolerable.
Andreina, la artista del grupo, fue quien asumió la tarea de dibujar nuestro primer boceto de mapa, nuestro primer espejo. Además de la rectitud de sus líneas, el mapa de Fennelly se caracterizaba por proyectar sus límites no sólo hacia los lados, sino también hada arriba y hacia abajo. Si Italia es una bota y Venezuela una especie de toro  con trompa  o de elefante con cachos, Fennelly era un cubo.
Respecto a la geopolítica fennelliana lo que más nos hizo discutir (pues en cuanto a la cartografía no hubo mayor dilema) fue en qué punto establecer la capital de Fennelly. Según Tobías y yo, la capital debía ser un punto muy pequeño, donde a lo sumo cupieran dos personas o una persona junto a su perro. En cambio, Andreina y Marisela defendían la tesis de que la capital debía ocupar todo el territorio y debía llamarse igual que el país. Alberto, en cambio, propugnaba que Fennelly no tuviese capital dentro de sus fronteras sino que se estableciera nominalmente dentro de algún sobre sellado y archivado, por ejemplo en Suiza o las Bahamas, como si fuera un papel financiero que pudiera cotizarse y "resistir", subrayó Alberto sin que nadie entendiera ni preguntara lo que quería decir.
Triunfó la tesis de que la capital debería ser un punto mínimo donde apenas cupieran  un hombre  y su perro. También resolvimos que la capital de Fennelly figuraría en el mapa simplemente con el certero nombre de "Capital" y se ubicaría en el justo centro de la sala, que era también el centro del apartamento.
Con este emplazamiento las comunicaciones con el resto de las regiones (baños, habitaciones, cocina, lavandero) serán equidistantes, lo que a su vez facilitará un desarrollo equilibrado del territorio de acuerdo a sus potencialidades, explicó Alberto en su jerga que cada vez tenía más inflexiones marciales que le daban más seriedad al asunto. Dicho esto, colocó en el justo medio de la capital un mesón de madera que serviría de lecho, techo, trinchera o sarcófago, para albergar a un hombre junto a su perro.
Sobre las suaves manos de Andreina recayó también la responsabilidad de diseñar la bandera de Fennelly, que por ahora sólo ondearía en la intimidad de nuestro reducido  pero cálido territorio. Inspirado en Mondrian, nuestro pabellón unicolor se componía de blanco sobre fondo blanco, pigmentación que yo interpreté como un estandarte condenado a rendirse antes de empezar una guerra.
Ya con bandera, nombre y mapa procedimos a firmar oficialmente el acta fundacional  en la que se dejó por escrito en la barroca caligrafía de Marisela el día de creación, los nombres de los primeros habitantes y la extensión territorial de Fennelly. Al final  del documento se dejó sentado la lapidaría frase "Seremos grandes y lejanos", cuyo significado ambiguo y que admitimos no entender, sería un enigmático acicate para  futuras generaciones.
Aunque alegres porque en pocos días ya habíamos avanzado tanto, por otra parte también nos iban surgiendo interrogantes que nos tuvieron en vilo en las primeras horas de creados. Una de esas inquietudes la planteó Tobías: ¿habría otra República de similares características a la nuestra, urdida en el anonimato, en la carencia de aeropuerto y de fronteras internacionales, y en la ocupación silenciosa de otra nación  más grande? Había sólo dos posibles respuestas a esa pregunta: si o no. Si confiábamos en que éramos los pioneros en idea semejante, continuaríamos con nuestro proyecto intacto, sin mirar atrás ni a los lados; pero si dábamos cabida a la posibilidad de que existieran otras naciones de igual tenor, sin duda había que clarificar desde ya las medidas a tomar: ¿crear una confederación de repúblicas ocupantes?, ¿declararnos la guerra unas a otras?, ¿fundirnos bajo la figura de distantes archipiélagos de tierra  para conformar un verdadero  imperio transnacional? Sin embargo, nuestra verdadera preocupación era la congoja que nos produciría el hecho de saber que nuestro proyecto no era inédito, sino que era una copia azarosa de un modelo ya existente, que no conocíamos porque aún estaba en el anonimato de algún sótano o azotea de Dhaka, Ontario o Lima. Nadie se tomó con gusto la broma que hice respecto a que en China debían existir cientos de Fennellys esperando su momento para salir a la luz. Para suavizar los ánimos expliqué que nuestra ventaja estaba en que saliéramos nosotros antes que ellos. Ya me estaba ganando la fama de apático, por lo que traté en lo subsiguiente de reducir mis comentarios.
Aunque nuestra rutina diaria de trabajo y estudios se mantuvo con la regularidad cotidiana de siempre, sentíamos que algo en el mundo iba cambiando desde la minúscula realidad del apartamento de Alberto. El interior del cubo iba tomando forma, textura interna; ya no era el mismo de hace dos años cuando Alberto decidió compartirlo en alquiler con cuatro compañeros de la universidad. Ahora era un territorio en ebullición que cada día abastecíamos con cajas de enlatados, libros, ropa, botellas de vino, velas, agua potable y suministros médicos, que Alberto se encargaba de ordenar en vista de que no tenía responsabilidades laborales o académicas como los demás y podía dedicar más horas a Fennelly.
Una tarde, Alberto nos recibió con una emocionada sonrisa de padre primerizo mientras nos enseñaba un paño blanco, impecable. Era nuestra bandera recién confeccionada en uno de los almacenes del centro. La blancura del lienzo era tal que irradiaba una tenue luz blanca en toda la habitación y la suavidad de su textura invitaba a un fraterno cobijo, como una túnica para el eterno reposo. Desdoblamos la tela con el mismo cuidado que se acaricia una mariposa. Al menos yo tuve por un momento la Impresión de que entre los pliegues descubriríamos algún preciado secreto. Una vez extendida, la bandera era como un mar lácteo que inundó por instantes el suelo fennelliano; la colocamos estirada sobre la pared más larga de la sala y la contemplamos con mirada solemne un buen rato. El ojo izquierdo de Alberto dejó correr una breve gota de agua, pero  nadie lo secundó ni le dijo nada.
Entre vino tinto, embutidos y aceitunas, las tardes en Fennelly se fundían con madrugadas plácidas y cada vez que salíamos nos despedíamos  con el mismo afecto y melancolía de que quien abandona su país aunque sea por un par de días.
Aunque todos nos tomábamos en serio lo de nuestra nueva patria, quien iba un paso más adelante era Alberto. No exigió que asumiéramos compromisos a  su nivel, en el  sentido de desprendernos de nuestras obligaciones del mundo exterior pero, sin  embargo, su dedicación exclusiva a Fennelly fue creando las condiciones para que se autoadjudicara roles que de algún modo irían perfilando nuestro destino patrio.
Al principio fueron minucias como el hecho de imprimirnos por su cuenta y sin previa aprobación los pasaportes de la República de Fennelly (por cierto de gran calidad) o decretar nuestro plato nacional sin consultarnos (espaguetis de espinacas con almendras y queso crema). Al principio agradecimos con emoción el esmero de Alberto por cada día darle más forma y sentido a nuestra identidad nacional.
Pero luego ocurrió el asunto de los uniformes y entonces Tobías y yo intercambiamos  mudas y amargas impresiones de desasosiego, pero fuimos incapaces de contravenir o cuestionar a Alberto. Lo que más me exasperó fue que el uniforme de las mujeres fuera igual al de los hombres, pues si el de Andreina hubiese sido al menos un short ajustado o hubiese tenido algún tipo de escote, creo que hubiese abrazado a Alberto. A Tobías en cambio no lo disgustó tanto el hecho que los uniformes que deberíamos usar durante nuestras estadías en Fennelly fueran unas bragas de mecánico de color azul, su problema era que esa idea no se le había ocurrido a él.
Para tratar de picar adelante, Tobías expuso  con vehemencia algunos proyectos para  aplicar en Fennelly. Uno de ellos fue crear un calendario fennelliano basado en la dirección de los vientos; propuesta que todos celebramos, incluso Alberto, quien sin embargo forzó bruscos cambios de tema para eludir una decisión definitiva al respecto. Otra de las propuestas de Tobías fue rescatar el arte de la coligrafía o del esperanto como una forma de reivindicar un lenguaje propio. Ante el entusiasmo general, Alberto supo que no podría contravenir ni postergar esa iniciativa, así que como último recurso retórico y pantomímico nos enfrentó a todos con solemne actitud diciendo que había llegado la hora decisiva.
Se dirigió entonces a un armario que estaba en la penumbra de un rincón. Pensé que nos daría un vestuario especial para los días festivos o que sacaría: de una jaula el animal representativo de la fauna del país; pero lo que allí había, dentro de cajas de cartón y bolsas plásticas, era un pequeño parque de armas compuesto de diez fusiles, una metralleta, once pistolas, varias cajas de municiones, algunas granadas de mano y una trompeta. "Todos mis ahorros están en este baúl", se limitó a decir Alberto con orgullo mientras colocaba el armamento sobre la capital. La actitud de Alberto provocó una mueca de desprecio en Tobías, secundada por una risita nerviosa de Marisela. No obstante, fue Tobías el primero que se entusiasmó a apertrecharse con el equipo militar y fue él también quien celebró con sonoras carcajadas que la mayoría de las armas eran de utilería. Alberto explicó que ello se debía en parte para confundir al  enemigo y también porque no le había alcanzado la plata. Sólo tres pistolas son de verdad, puntualizó.
Cuando yo mismo palpé y verifiqué que en efecto eran imitaciones de juguete, sentí primero un gran alivio seguido de un eléctrico temor que me recorrió el cuerpo al caer en cuenta que éramos cinco locos con armas de plástico sin saber aún muy  bien qué íbamos a hacer con ellas.
Es lo que tenernos por ahora, dijo Alberto. Y qué se supone que vamos a hacer con esto, preguntó Marisela, al tiempo que devoraba la uña de su dedo índice izquierdo.  Sólo hay que estar preparados y alertas, nos dijo Alberto con un dejo de decepción pues éramos incapaces de comprender sus previsiones.
Los días siguientes transcurrieron  con  cierta  pesadez,  como  si  el vínculo de  amistad inicial se hubiese oscurecido por un nuevo flujo de relaciones artificiosas que si  bien no estaban claras del todo, tejían un biombo de seda entre nuestra original camaradería. La calidez de los primeros días de Fennelly se fue enfriando, al punto que se canceló dos veces la primera reunión extraordinaria convocada por Alberto, quien  pretendía dar instrucciones sobre en qué circunstancias deberíamos usar los uniformes.
Algo de la comunión inicial se recuperó durante la celebración del primer mes aniversario de Fennelly donde el vino y los espaguetis almendrados crearon la atmósfera propicia para inspirarnos hacia nuevos rumbos. Andreina planteó diseñar un  sitio Web que fuera creando algo de intriga y Tobías retomó el asunto del almanaque,  pero esta vez inspirado en el calendario Republicano francés.
Alberto se mantuvo muy reservado en la reunión pero con una disposición aprobatoria que no le habíamos visto desde antes de inventar Fennelly. Hasta Marisela y Andre improvisaron un baile que fue decretado de inmediato como la danza oficial de Fennelly.
Pero el ánimo festivo se interrumpió cuando Tobías quiso pasar revista al armamento y se encontró con un candado en el armario. Alberto fingió que no recordaba donde lo había puesto, pero la insistencia de todos lo hizo confesar que las armas las había mudado de lugar por razones de seguridad. En efecto, cuándo abrió el armario ni siquiera estaba la trompeta.
Tobías abandonó Fennelly con un sonoro golpe de puerta. Nadie trató de retenerlo, pero sin duda la fiesta había acabado. Sin mayor referencia al incidente Alberto nos animó a recoger las  botellas vacías y a ordenar la habitación mientras  nos  daba  una  charla sobre la rentabilidad del reciclaje como modelo económico para Fennelly.
Al día siguiente, muy temprano en la mañana, Tobías retornó al país de buen talante, como si el episodio del día anterior no hubiese tenido mayor importancia. Me parecía  que olía a gasolina o a excremento seco. Me lo encontré de salida, y me dijo que lo esperara  mientras buscaba su maletín  de trabajo y se lavaba  la cara con agua.
En el ascensor le confesé que me iría de Fennelly esa misma tarde y que nadie lo sabía  aún. Mandaré a alguien a buscar mis cosas con alguien, no me gusta el asunto de las armas, y las almendras me dan cagantina, fue toda la explicación que le di a mi compatriota. Con una sonrisa tranquilizadora en su vertical expansión pero macabra en las comisuras. Tobías me señaló que ese no era el camino, que durante la madrugada pensó en desertar, pero que el reflejo de un charco de aceite le reveló la estrategia correcta: hay que fundar otro Fennelly. Explicó que la discreción sería la mejor arma pues el Fennelly que crearíamos estaría justo dentro del Fennelly original. Es perfecto, sólo tú y yo lo sabremos, ya estamos infiltrados, sólo debemos esperar con  paciencia para dar  el  golpe  perfecto  y tomar  Fennelly;  mira  aquí  tengo  el  mapa  de Fennelly dentro de  Fennelly, nos estableceremos en la capital y estallaremos desde el centro.
Cuando el ascensor se abrió en planta baja Andreina y Marisela, tiernas y frágiles, conversaban en el lobby del edificio; sentí que se acababan de dar un beso o más bien deseé que eso hubiese ocurrido, y también imaginé que en ese justo instante Alberto se masturbaba en Fennelly envuelto en nuestra blanca bandera nacional.
Seguí de largo mientras Tobías se demoraba con Andre y Marisela; creí escuchar que él se disculpaba por su actitud de anoche. Al cerrarse la reja del edificio a mis espaldas conjeturé que una vez que Tobías inaugurara su propio Fennelly las chicas crearían otro más minúsculo dentro del de Tobías donde apenas si cabría un perro pero sin su dueño. Al voltear en la esquina y mirar hacia mi país una columna de humo se alzaba firme  hacia el sol que tenía un particular brillo plateado esa mañana.

FIN
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Actividades a realizar:

1)  Buscar información del autor por internet y preparar una breve biografía donde se señale su obra literaria hasta la fecha.

2)  Explicar lo más sintéticamente posible, de qué se trata la trama del cuento.

3)  Indicar cuántos personajes intervienen en el cuento, cuál es el personaje principal, quién es el antagonista y cuáles son los personajes secundarios.

4)  Decir qué tipo de narrador (o narradores) tiene el cuento.

5)  Según su opinión, detallar los momentos del relato; es decir dónde termina el planteamiento o inicio de la obra, cuál es el nudo o climax del mismo y cuál es su desenlace.

6)  ¿Donde y cómo está ambientada la obra?

7)  Definir el tiempo externo y el tiempo interno del relato.

8)  Mencione varias de las figuras literarias que halló en el cuento, detallando el texto donde fueron halladas.

9)  Por último, dé su opinión sobre el cuento. Les gustó, no les gustó. Qué les gustó o disgustó del mismo.

Este trabajo puede ser hecho a mano o a computadora. Deben entregarlo en físico el miércoles cuando nos veremos, ya que les haré unas preguntas de control para verificar que leyeron la obra.

Saludos y éxitos.

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